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Medio vacío.

Ya había pasado la época del amarilleo de las hojas. El aire gélido se mezclaba con el clásico aroma de castañas asadas que invadía toda la ciudad.

Como siempre, llegaba tarde.

Juro que no lo hago a propósito: soy ordenada, meticulosa y me gusta tomarme la vida con tranquilidad. Pero en ocasiones (casi a diario), tomo decisiones nimias que terminan afectando al día perfectamente estructurado que organizo, con precisión de neurocirujano, durante el café de las seis-treinta de la mañana.

Pero hoy, no sé por qué demonios, distraída con el latte humeante de las diecisiete-quince del Starbucks del Corte Inglés, decidí atravesar por el mercado de artesanía de la Plaza del Príncipe. Empecé a vagar entre los diversos puestos y como cada víspera de Navidad, me quedé embobada en el puesto de Santiago.

Es un ceramista que este año exponía sus piezas junto a una artesana, que en ese momento sostenía en sus manos una piedra pintada (seguramente robada de alguna playa), que me provocó vergüenza ajen…

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