Medio vacío.

Ya había pasado la época del amarilleo de las hojas. El aire gélido se mezclaba con el clásico aroma de castañas asadas que invadía toda la ciudad.

Como siempre, llegaba tarde.

Juro que no lo hago a propósito: soy ordenada, meticulosa y me gusta tomarme la vida con tranquilidad. Pero en ocasiones (casi a diario), tomo decisiones nimias que terminan afectando al día perfectamente estructurado que organizo, con precisión de neurocirujano, durante el café de las seis-treinta de la mañana.

Pero hoy, no sé por qué demonios, distraída con el latte humeante de las diecisiete-quince del Starbucks del Corte Inglés, decidí atravesar por el mercado de artesanía de la Plaza del Príncipe. Empecé a vagar entre los diversos puestos y como cada víspera de Navidad, me quedé embobada en el puesto de Santiago.

Es un ceramista que este año exponía sus piezas junto a una artesana, que en ese momento sostenía en sus manos una piedra pintada (seguramente robada de alguna playa), que me provocó vergüenza ajena. Sus atroces pinturas, de escaso valor artístico, pervertían el talento de la mano modeladora de Santiago.

Tenía entre sus piezas pintaderas, vasijas, ornamentos tradicionales... Pero todo eso era morralla para turistas y nostálgicos nacionalistas. Lo que de verdad me atraía de su arte eran las piezas sacadas de clásicos de los ochenta de las que tenía una gran colección en mi propia casa: Cristal oscuro, Gremmlins, Cazafantasmas... a Santiago no se le resistía ninguno de los iconos que los "ochenters" tenemos en nuestro adn.

Este año, como marcaba mi tradición auto impuesta, tampoco me contuve y le compré una magnífica escultura de un Critter (unos alienígenas muy cabrones de una peli muy mala en la que salía mi Leonardo Dicaprio). Tras charlar un rato miré el reloj...

-¡Mierda! ¡Adios Santi!

Me despidió con su clásica sonrisa y yo salí como alma que lleva el diablo, deseando que los tacones no me jugaran una mala pasada en el suelo de tierra, trampa mortal para zapatos de mujer. Sorteando a la gente conseguí salir de la plaza con mi dignidad y los tobillos íntegros. Corrí como una loca, rezando para que aun me estuviera esperando. Un taxi estuvo a punto atropellarme cuando me lancé a cruzar frente a la central de Cajacanarias, en dirección al Parque Bulevar.

Me había retrasado cuarenta y cinco minutos. Miré mi móvil y no tenía ningún mensaje. Al llegar a la terraza me encontré con la mesa, en la que solíamos tomarnos algo, vacía. No exactamente vacía. Había estado allí, esperando. Lo supe cuando vi su libro de arte, ese de pintores que yo odio. A veces pienso que sólo lo ojea para irritarme.

Estaba abierto, sujeto por un cenicero, en uno de los cuadros de Dalí: la persistencia de la memoria. El mensaje estaba claro. Todos los relojes de ese cuadro marcan en torno a las seis... Pero no me había olvidado de nuestra cita, tan sólo me había retrasado. Confiaba en que me perdonase (siempre lo hacía) hasta que me fijé en el segundo detalle: el vaso. Siempre suele tomar un vaso grande de agua mientras me espera, dice que le ayuda a diluir sus pensamientos...

El vaso estaba casi vacío, pero con agua suficiente para que el cocodrilo de peluche que descansaba en su interior muriese ahogado.
Foto cedida por Ana Ramos

Creado para el "El club de los retos de Dácil

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